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Hay un pasaje interesante y curioso en el tercer cap?tulo de la carta de San Pablo a los Romanos, el cual en el contexto de la misiva parece ser casi descartado, pero ha demostrado ser una piedra angular en la teolog?a moral Cat?lica durante los ?ltimos dos mil a?os. Al responder a algunos de sus cr?ticos, Pablo dice: ??Y por qu? no decir (como se nos calumnia, y como algunos afirman que nosotros decimos): Hagamos el mal para que venga el bien? La condenaci?n de los tales es justa? (Romanos 3:8). Uno podr?a formular esta declaraci?n algo enrevesada de Pablo de la siguiente manera: nunca debemos hacer el mal para conseguir el bien.
De hecho, hay personas verdaderamente malvadas que parecen disfrutar hacer el mal por su propio bien. Arist?teles los llam? viciosos o, en casos extremos, ?bestias?. Pero la mayor?a de nosotros que hacemos cosas malas t?picamente podemos justificar nuestros actos apelando a un buen resultado que esper?bamos conseguir. ?No me siento orgulloso de lo que hice,? podremos decir, ?pero por lo menos me trajo consecuencias positivas?. Pero la Iglesia, siguiendo el aviso de San Pablo, siempre ha rechazado esta manera de pensar, precisamente porque le abre la puerta a un caos moral. Al mismo tiempo, ha reconocido ciertos actos (esclavitud, adulterio, abuso sexual de ni?os, asesinato directo de inocentes, etc.) como «intr?nsecamente malvados», es decir, incapaces de ser justificados mediante un llamado a la motivaci?n, circunstancias atenuantes o consecuencias. Hasta aqu? todo obvio.
Pero este principio ha llegado recientemente a mi mente, no tanto en lo que respecta a los actos morales de los individuos, sino a las presunciones morales que parecen guiar a gran parte de nuestra sociedad. Yo podr?a sugerir que un cambio radical ocurri? en el 1995 con juicio de O.J. Simpson. Me parece justo decir que la gran mayor?a de la gente razonable estar?a de acuerdo en que Simpson cometi? los terribles cr?menes de los que fue acusado, y aun as? fue exonerado por un jurado de sus compa?eros y apoyado vehementemente por grandes segmentos de nuestra sociedad. ?c?mo se puede explicar tal anomal?a? La exculpaci?n de O.J. Simpson fue justificada por muchos, porque se consider? que contribu?a a la soluci?n del gran problema social del perfil racial y la persecuci?n de los afroamericanos por parte del departamento de polic?a de Los ?ngeles en particular y los oficiales de policia en todo el pais en general. Permitir la liberaci?n de un hombre culpable y permitir que una asquerosa injusticia siguiera sin atenderse fueron, como m?nimo, toleradas, porque parec?an conducir a un bien mayor.
La Simpsonizacion de nuestro pensamiento legal se mostr? mucho m?s recientemente en el triste caso del Cardenal George Pell. Una vez m?s, dada la incre?ble inverosimilitud de los cargos y la completa falta de evidencia que lo corrobore, personas razonables deb?an concluir que el Cardenal Pell nunca deber?a haber sido llevado a juicio y mucho menos condenado. Y, sin embargo, el Cardenal Pell fue declarado culpable y sentenciado a prisi?n, y una apelaci?n posterior confirm? la condena original. ?C?mo podr?amos explicar esta desconexi?n? Muchos en la sociedad Australiana, leg?timamente indignados por el abuso de ni?os por parte de sacerdotes y el posterior encubrimiento por parte de la autoridad de la iglesia, sintieron que el encarcelamiento del Cardenal Pell abordar?a de alguna manera este problema general. As? que, una vez m?s, violando el principio de San Pablo, el mal fue hecho para conseguir un bien.
El mismo problema es evidente con respecto a la agresi?n sexual contra las mujeres. A ra?z de la situaci?n de Harvey Weinstein y el posterior movimiento #MeToo, ninguna persona seria dudar?a que varias mujeres han sido maltratadas inconcebiblemente por hombres de poder y que su abuso es un c?ncer en el cuerpo pol?tico. Por lo tanto, para lograr el bien de resolver este problema, los hombres a veces son acusados, hostigados, y condenados efectivamente sin investigaci?n ni juicio. Para demostrar que no tengo un hacha partidista que pulir aqu?, llamar? la atenci?n sobre el tratamiento tanto del juez Brett Kavanaugh como, en los ?ltimos d?as, del ex vicepresidente Joe Biden. El pensamiento parece ser, nuevamente, que el buscar el bien en el mal general justifica un comportamiento moralmente irresponsable en casos particulares.
La prevalencia de este consecuencialismo moral en nuestra sociedad es sumamente peligroso, porque en el momento en que decimos que el mal se puede hacer para conseguir el bien, hemos negado efectivamente que haya actos intr?nsecamente malos, y en el momento en que lo hacemos, el apoyo intelectual para nuestro sistema moral cede autom?ticamente. Y luego vienen las furias. Un ejemplo de este principio es el terror que sigui? a la Revoluci?n Francesa. Como la clase aristocr?tica hab?a cometido (indudablemente) tremendas injusticias a los pobres en la Francia del siglo XVIII, cualquier persona que pareciera ser enemiga de la revoluci?n era, sin distinci?n o discriminacion alguna, arrastrada a la guillotina. Si inocentes mor?an junto a los culpables, que as? sea, pues serv?a para construir la nueva sociedad. Me parece que no es ninguna exageraci?n decir que la sociedad occidental a?n necesita recuperarse por completo del caos moral que nos visit? por el consecuencialismo letal de esa ?poca.
Por lo tanto, aunque estemos leg?timamente luchando contra el mal en la sociedad de nuestros tiempos, debemos recordar el principio simple pero mordaz de San Pablo: Nunca hagas el mal para conseguir el bien.
Bishop Robert Barron is the founder of Word on Fire Catholic Ministries and Auxiliary Bishop of the Archdiocese of Los Angeles. Bishop Barron is a #1 Amazon bestselling author and has published numerous books, essays, and articles on theology and the spiritual life. ARTICLE originally published at wordonfire.org. Reprinted with permission.
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