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Nov 17, 2020 312 Joan Harniman
Disfrutar

LA M?S GRANDE LECCI?N

?Qui?n querr?a aprender algo de su enemigo? ?C?mo pueden las dificultades ser nuestras maestras?desde perder algunas de nuestras libertades, como tener que dejar nuestro hogar, hasta las p?rdidas m?s tr?gicas en la vida?

?Nos podemos referir a la Santa Misa como ?Un Milagro Mundano?? Este ox?moron cat?lico podr?a describir el hermoso sacramento de la Eucarist?a. Despu?s de todo, podemos recibir a nuestro Se?or Resucitado en este sacramento a diario. Los cat?licos en estado de gracia pueden recibir este don tan extraordinario simplemente al hacer la fila para recibir la Comuni?n, luego de haber ayunado por lo menos durante una hora. No se requiere ning?n boleto de pase ni prueba de autenticidad, solo necesitamos que nuestra consciencia nos diga que estamos libres de alg?n pecado grave. As? pues, el milagro en que Dios se da a S? mismo a la humanidad se recibe de forma mundana. Luego, Covid-19 entr? a nuestro mundo.

En tus fantas?as m?s locas, ?alguna vez imaginaste que el gobierno ordenar?a que las iglesias cerraran sus puertas? ?Que no habr?a misa dominical, ni misa diaria en nuestras parroquias? Pero gracias a Dios, la tecnolog?a permiti? que nuestros valientes y equipados sacerdotes pudieran transmitir las misas en vivo. La mesa de mi cocina se convirti? en un espacio sagrado donde la Palabra de Dios era escuchada desde mi tel?fono. Nuestros sacerdotes predicaban la homil?a, consagraban el pan y el vino y lo convert?an en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Se?or, y nos permitieron recibir la comuni?n espiritual en todas nuestras iglesias dom?sticas, es decir nuestros hogares.

Pero los d?as se convirtieron en meses y comenzamos a sentir hambre. Dese?bamos recibir la Eucarist?a sacramentalmente, pero este deseo no pod?a ser satisfecho. Por primera vez en mi vida, y me atrevo a decir que en la suya propia tambi?n, nos dimos cuenta de c?mo la ausencia de la Eucarist?a puede afectarnos. El milagro mundano se convirti? en el milagro anhelado.

Aunque los restaurantes estaban cerrados, pod?amos pedir comida a domicilio. Lentamente, bajo reglamentos estatales estrictos, volver a comer dentro de los restaurantes fue permitido. M?s maravilloso que eso, la misa diaria, y luego la misa dominical fue retomada con fieles, utilizando mascarilla y guardando el distanciamiento social. Luego de ochenta y ocho d?as de no recibir la Eucarist?a sacramentalmente, estaba muriendo de hambre por Nuestro Se?or Resucitado. Yo, junto con muchos otros fieles, recib? la Eucarist?a con los ojos llenos de l?grimas y aquel anhelo que finalmente hab?a sido satisfecho. Estaba tan agradecida de poder volver a reunirme con mi querido Amigo que dio Su vida por m?. Solo unos cortos minutos despu?s de meditar en la entrega de Nuestro Se?or y Su don de S? mismo en la Eucarist?a me hizo dejar atr?s todo el tiempo que estuvimos separados.

Luego me di cuenta de la gran lecci?n que nos deja el Covid-19: la Eucarist?a fue el mejor alimento durante el confinamiento, mucho mejor que la comida a domicilio. Cuando la Eucarist?a es plenamente recibida y consumida, satisface un coraz?n hambriento que sale al mundo luego de que termina la misa. Y esta comida debe ser entregada. Oro a Dios para poder Llevarlo a otras personas en la forma en la que ?l me env?e. Y una y otra vez, el proceso de repite: Recibirlo y Llevarlo ?a domicilio? a nuestro mundo hambriento y necesitado.

Luego de que el sacerdote da la bendici?n final, podemos irnos. No, me corrijo; podemos irnos pero ?con Dios para llevar?, listos y preparados para entregar la mejor comida a domicilio posible. As? que tenemos que estar listos para entregar una sonrisa, una palabra amable, una mano de ayuda, un regalo necesario de alimento, consuelo y ayuda de coraz?n. Dios nos ayudar? a ver d?nde estar? destinada esta entrega especial. Es gracioso c?mo aprendemos de los sucesos m?s extra?os de nuestras vidas. O quiz?s, en los d?as m?s oscuros, buscamos m?s intensamente la luz y Dios nos alumbra con Su entendimiento.

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Joan Harniman

Joan Harniman is a retired teacher. She has co-authored two books of Biblical plays, skits, and songs, and has published articles in Catechist and teacher magazines, as well as Celebrate Life magazine. She lives in New York with her husband, children, and five grandchildren.

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