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Feb 05, 2021 288 Shalom Tidings
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Corazones Encendidos

Pasi?n del Martirio

Santa Perpetua era una noble de 22 a?os, bien educada y madre de un hijo peque?o que viv?a en Cartago, en el norte de ?frica, en el siglo II. Durante el reinado del emperador romano Septimio Severo, quien prohibi? la conversi?n al cristianismo. Fue arrestada junto con Felicitas, una esclava que estaba embarazada de ocho meses. Perpetua, Felicitas y algunos otros catec?menos fueron colocados en una mazmorra oscura y m?s tarde sentenciados a enfrentarse a animales salvajes en un anfiteatro en el cumplea?os del emperador.

Mientras estaba en la prisi?n, Perpetua llevaba un diario de las visiones que se le dieron sobre el futuro. En una visi?n, vio una escalera alta, pero estrecha, que llegaba hasta el cielo. Espadas, lanzas, ganchos y dagas estaban unidos a los lados de la escalera y al pie de la escalera hab?a un enorme drag?n. Inspirada por las palabras de uno de sus compa?eros que ya hab?a subido la escalera, Perpetua lleg? sin miedo a la cima.

Como era ilegal quitarle la vida a las mujeres embarazadas, Felicitas estaba profundamente preocupada porque no ser?a capaz de abrazar el martirio con sus amigos. Sus compa?eros rezaron fervientemente y Felicitas dio a luz a una ni?a dos d?as antes de la fecha fijada para su muerte. Su fe impresion? tanto al carcelero que se convirti? al cristianismo.

El d?a de su martirio, las mujeres marcharon al anfiteatro con alegr?a, con rostros tranquilos. Perpetua y Felicitas fueron arrojadas frente a una vaquilla loca para ser mutiladas. Cuando la vaquilla arroj? a Perpetua al suelo, se sent?, baj? su t?nica para cubrir su cuerpo, pensando m?s en su modestia que en su dolor. Entonces se orden? que Perpetua y sus compa?eros fueran asesinados por un gladiador. Cuando fue el turno de Perpetua, ?tom? la mano temblorosa del joven gladiador y la gui? a su garganta!

Tal fe no era rara entre los primeros cristianos. Su valor nos desaf?a a preguntarnos si estar?amos dispuestos a renunciar a nuestra vida en lugar de nuestra fe.

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