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?Mant?n la muerte diariamente ante tus ojos?. A primera vista, estas palabras del Cap?tulo 4 de la Regla de San Benito hacen que muchas cosas sean inc?modas, si no aprehensivas. La mayor?a prefiere sacar de su mente las ?cosas ?ltimas? ?muerte, juicio, cielo, infierno?, desech?ndolas como nociones anticuadas, con poca relevancia para la vida moderna.
A la luz de la devoci?n de la cultura popular hacia el ?momento presente? en el movimiento conocido como ?atenci?n plena?, el recuerdo diario de un oscuro evento futuro se presenta como una contradicci?n. Tras una reflexi?n m?s profunda, esta directiva aparentemente m?rbida de un texto del siglo sexto es en realidad una alternativa cristiana efectiva a la antigua t?cnica y disciplina de meditaci?n budista que cautiva al mundo. La iglesia no ha hablado definitivamente sobre la atenci?n plena, pero aquellos que buscan la pr?ctica aut?ntica de una meditaci?n y disciplina cat?lica cristiana, enfocada en encontrar a Cristo en cada momento, encontrar?n una gu?a probada en la Regla de San Benito.
Surgiendo de las cenizas de una sociedad del Imperio Post-Romano desintegrada y desgarrada por la lucha, la espiritualidad benedictina ten?a un fuerte sentido de la importancia de aceptar la posibilidad de la muerte, en cualquier momento, por razones pr?cticas. La alta tasa de mortalidad subray? la fragilidad de la vida y la imprevisibilidad de su fin: el propio Benedicto casi fue envenenado por algunos monjes rebeldes. Parad?jicamente, Benito y los otros primeros monjes tambi?n sab?an que tener presente la muerte todos los d?as ayudar?a a los monjes y a los laicos a vivir la vida de manera m?s completa y desprendida. El recuerdo de la muerte, y el reconocimiento de su inmanencia, podr?a eliminar las b?squedas sin sentido y las preocupaciones superficiales que hab?an preocupado la vida de uno, liberando as? al individuo para atender las cosas de importancia duradera: ?la gloria de Dios y la salvaci?n!
El objetivo de la vida cristiana en la Tierra es hacer que cada momento cuente para el cielo. En cada instante, Dios se entrega a sus criaturas, llam?ndonos a hacer su voluntad en los asuntos ordinarios de cada d?a. Cada pensamiento, cada palabra y cada acci?n es un paso m?s cerca de Dios o un paso m?s lejos de Dios. La direcci?n est? determinada por la rapidez y el grado de nuestra respuesta (o falta de ella) a su voz. Una oraci?n ferviente, una palabra amable, una sonrisa cordial, un c?lido agradecimiento, un sincero te amo, un sincero lo siento, un servicio alegremente ofrecido, un deber cumplido fielmente, una falta humildemente confesada, un error perdonado, un juicio retenido, un gesto restringido, una murmuraci?n reprimida, el chisme evitado, una preocupaci?n entregada, un sacrificio ofrecido, una verdad proclamada, el nombre de Jes?s alabado. Cada uno tiene consecuencias eternas. A medida que
desarrollamos nuestra salvaci?n en la comunidad de personas y momentos en los que hemos sido colocados, solo Dios sabe hasta qu? punto esa oraci?n, esa palabra, ese acto influir? en toda la eternidad.
Nuestra respuesta habitual al llamado de Dios requiere atenci?n constante al momento presente donde Dios habla. Como San Pablo exhorta: ?Ahora es el tiempo aceptable, ahora es el d?a de salvaci?n? (2 Corintios 6, 2). Como Jes?s advierte: ?Velen pues, porque no saben ni el d?a ni la hora en que vendr? el Hijo del Hombre? (Mateo 25,13). Mantener la muerte diariamente ante nuestros ojos nos saca de nuestra complacencia y aumenta todos nuestros sentidos, afinando nuestra capacidad de escuchar la voz suave y apacible de Dios con el o?do de nuestro coraz?n en el momento.
Porque as? como Dios usa las cosas comunes del mundo para reflejar su presencia interna, nos da gracias en el momento para ayudarnos a cumplir su voluntad. Como las manecillas de un reloj que marca los minutos hacia la ?ltima hora del d?a, la gracia de Dios nos mueve en cada momento hacia la hora de nuestra muerte, cuando pasaremos a la vida eterna.
San Benito no fue la ?nica figura religiosa prominente en valorar una meditaci?n sobre la muerte. San Francisco de As?s agreg? estas l?neas a ?El C?ntico del Sol? antes de morir: ?Toda alabanza sea tuya, mi Se?or, a trav?s de la Hermana Muerte, de cuyo abrazo ning?n mortal puede escapar. ?Ay de los que mueren en pecado mortal! ?Felices aquellos a quienes encuentra haciendo tu voluntad!? Durante sus ?Actuaciones?, la m?stica medieval Juli?n de Norwich or? por una enfermedad f?sica, hasta el punto de la muerte, para ser ?purgada por la misericordia de Dios, y luego vivir m?s para Su gloria?. Lo cual ella hizo por muchos a?os m?s. De sus ?Notas del Serm?n?, San John Henry Newman predic? lo siguiente: ?Todas las ma?anas nos acercamos a la muerte … A medida que pasa el reloj, estamos bajo pena de muerte … Busca al Se?or por lo tanto … ?l est? aqu??.
Una laica cat?lica que expres? con humor su aprecio por el poder de balanceo de la muerte fue la escritora estadounidense del siglo XX Flannery O?Connor. En ?El Inadaptado?, ella escribi?: ?Hubiera sido una buena mujer … si [all?] hubiera habido alguien para dispararle cada minuto de su vida?.
Hechos para el cielo, todos somos inadaptados. ?Afortunadamente, el enfoque moderado de San Benito acerca de meditar sobre la muerte nos apunta a diario en la direcci?n correcta a casa!
Donna Marie Klein is a freelance writer. She is an oblate of St. Benedict (St. Anselm?s Abbey, Washington, D.C.).
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