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Nov 17, 2020 262 Mary Therese Emmons, USA
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MAM? GUAU

Mi mam? deber?a haber descansado pac?ficamente, sin dolor, en una cama de hospital; pero sus ?ltimos d?as reflejaron c?mo vivi? toda su vida.

Fue el ?ltimo d?a de mi mes m?s querido, octubre. Estaba vistiendo apresuradamente a mis peque?os hijos para pasar una noche en la casa de mis padres. Mi madre hab?a sido diagnosticada con c?ncer el a?o anterior y su tiempo en la tierra estaba llegando a su fin. La enfermera del hospicio estaba segura de que mi madre s?lo ten?a d?as antes de que el c?ncer agresivo conquistara su delicado, peque?o marco de salud.

Esta noticia era incomprensible. Tres d?as antes, yo la hab?a visto alerta y comprometida como siempre, reparando rosarios rotos y preparando la cena para mi padre. Esa era mi madre. Ella era un ejemplo maravilloso de desinter?s y amor. Todos los que la conoc?an la llamaban una santa viviente. Con su hermoso ejemplo, nos ense?? a todos c?mo tomar nuestras cruces con confianza y esperanza. Debido a su vida bien vivida, mi madre no ten?a miedo de morir. Su lealtad a su fe y su dedicaci?n a la misa Santa y el Rosario de Nuestra Se?ora eran inspiradores. Santa Teresa de Calcuta dijo una vez: «UNA vida que no se vive para otros no es una vida». Y mi querida madre vivi? estas palabras.

Yendo de prisa a casa de mis padres esa noche, me fui a la peque?a y oscura habitaci?n de mi madre. La encontr? acostada en la cama, aparentemente dormida y rodeada de mis hermanos. Tomando mi mano, mi hermana me explic? que unas horas antes, mi madre se hab?a acostado porque no se sent?a bien y hab?a ca?do en un estado de coma. Ya no pod?a comunicarse. Ella hab?a pasado el d?a preparando la comida para la reuni?n familiar de esa noche, cuando deber?a haber estado descansando tranquilamente, sin dolor, en una cama de hospital. Sus ?ltimos d?as, sus acciones finales, fueron exactamente c?mo vivi? toda su vida, vaci?ndose a s? misma en el cuidado de los dem?s. Ella era un ejemplo vivo del sacrificio propio.

Mi madre nunca se quejaba del dolor debilitante e implacable, ni se quej? del tratamiento agotante del c?ncer o incluso del hecho de que se le dio esta tremenda cruz en absoluto. Mi madre, con la fe y la gracia que vivi? toda su vida, acept? todo sin duda. Con gusto le ofreci? esta cruz a Dios.

Durante doce horas continuas, me qued? al lado de mi madre. No pod?a dejarla en su momento de sufrimiento. Mi madre no quer?a morir en un hospital y yo no pod?a evitar pensar lo misericordioso que fue Padre Eterno al permitirle morir pac?ficamente, en su propia casa, rodeada por su marido y sus diez hijos. A medida que las horas del fallecimiento de mi madre se prolongaban lentamente, rezamos el Rosario una ?ltima vez juntos como familia, tal como lo hab?amos hecho al crecer. Observamos con los ojos llorosos como nuestro p?rroco le dio la Unci?n de los Enfermos por ?ltima vez. Nos turnamos para sentarnos junto a su cama, agradeci?ndole por ser un ejemplo perfecto para nosotros al vivir verdaderamente su fe con absoluta confianza en el plan de Dios. Todos sab?amos que aunque mi madre hab?a aceptado esta cruz y estaba lista para entrar a las puertas del cielo, su coraz?n le dol?a al pensar en el dolor que soportar?amos con su muerte. Sin embargo, despu?s de su diagn?stico nos asegur? con confianza que nos ser?a m?s ?til en el Cielo de lo que podr?a ser aqu? en la tierra y nunca lo he dudado.

Completamente incapaz de comunicarse, mis hermanos y yo notamos que nuestra madre movi? sus dedos delante de su boca, como si luchaba suavemente con mis hermanos cuando trataron de administrarle medicamentos para el dolor. Era inconfundible. Mir?ndonos unos a otros con l?grimas en los ojos, finalmente hablamos en voz alta lo que todos hab?amos estado pensando. Quiere sufrir y lo ofrece por nosotros.

La noche se convirti? lentamente en d?a y mientras luch?bamos para permanecer despiertos, notamos que la respiraci?n de mi madre cambi? ligeramente. Reuni?ndonos alrededor de ella en la peque?a cama donde ella estaba acostada, dijimos nuestra despedida final, prometiendo que nos cuidar?amos unos de otros aqu? en la tierra, para que pudiera volver a casa al Cielo pac?ficamente, donde la esperaban su querido pap? y sus nietos que fueron tomados demasiado pronto. Observ? con un coraz?n pesado mientras ella respiraba por ?ltima vez. Los doce, llenando el peque?o y estrecho dormitorio, nos quedamos en silencio. Le susurr? en voz baja: «Nuestra mam? ahora ha visto el rostro de Dios». En ese momento, dej? de orar por mi madre y comenc? a rezarle. Era el D?a de todos los Santos. ?Qu? bienvenida debe haber tenido!

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Mary Therese Emmons

Mary Therese Emmons is a busy mother of four teenagers. She has spent more than 25 years as a catechist at her local parish, teaching the Catholic faith to young children. She lives with her family in Montana, USA.

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